Para muchos de ustedes será primavera y para algunos otros solo hay dos estaciones: sequía y lluvia. Para mí es otoño y mientras escribo esto hay un partido de fútbol que parece ser importante. Pero a mí no me importa. Suenan los gritos celebratorios o de pena, no lo sé, algunos perros ladrando y los pájaros a lo lejos. A lo lejos veo la montaña y todas las hojas de todos sus árboles cambiando de color diariamente. Celebro, en silencio, que tengo un escritorio y una silla. Celebro que tengo una habitación para mí, nuevamente. Una habitación propia, como diría Virginia Woolf en una conferencia (que luego sería editada en un libro). Aquella que empieza por su conclusión: para escribir novelas, una mujer necesita dinero y una habitación propia. A propósito de necesitar estabilidad y espacio, cuenta la leyenda que Jane Austen escribió sus novelas en un pequeño recoveco de la casa, entre hacer camas, cocinar para todos y lavar ropa. Admirable, motivador, dirán los workaholics. Sorry to disappoint you, pero ese relato es en gran parte marketing de un sobrino. La historia real es más humana: un hermano recibió una herencia importante, la familia mejoró económicamente y, en ese período, Jane dejó las tareas domésticas y se mudó al ático, donde pudo dedicarse solo a escribir y luego publicar sus novelas. La creación es un acto en sí mismo, no algo a lo que nos dedicamos entre una tarea y otra. Entonces hoy celebro mi pequeña victoria, tengo una habitación para escribir y leer, hacer yoga, desesperarme en privado, comer más chocolate del que debería. Para hacer nada en particular. ❝Nada hace la tierra más espaciosa que teneramigos lejos; son ellos los que creanlas latitudes y las longitudes.❞—Henry David Thoreau El nudoque desenredo entre el afuera y mi adentro Mi primer encuentro con ellas fue a los nueve años. Entre las nueces y los turrones de Navidad aparecieron las castañas. Habían viajado desde China o España hasta Venezuela, y luego de algún mercado a nuestra casa. Mi abuela hizo un viaje mental a su infancia en Galicia para recordar cómo se preparaban: asadas en una sartén vieja, lo más vieja y esperolá posible. Ahí se asaron y empezaron a explotar; saltaban y escapaban del calor. Las contuvimos con una tapa, y aquello sonaba a Navidad, a triquitraquis y fuegos artificiales, pero todo ahí dentro y sin pólvora. El procedimiento fue aproximado, el resultado dudoso, pero a mí me encantaron. Recuerdo pasar mucho tiempo quitándoles la cáscara y luego la piel hasta llegar a su carne. Nadie más las comió, y desaparecieron todas bajo mis manos. Mi segundo encuentro fue muchos años después, en un pequeño café francés de Caracas. Mis ojos recorrían con atención el menú cuando leí una frase mágica: crêpes de castañas. Me vi a mí misma de niña corriendo a la cocina para comer una más, solo una más. Automáticamente pedí ese plato sin tener mucha idea. Mi imaginación se desbordó tratando de recordar su sabor. Luego llegó mi crêpe y me decepcioné: en vez de castañas, había una mermelada marrón y de poco sabor. Pero, con cada bocado, reconocía nuevos matices de aquel recuerdo, más tenues y, justamente por eso, uno de esos sabores que te piden bajar las expectativas, aceptarlos como son y nutrirte de ellos.
No es un sabor fácil de describir, pero es el tipo de sabor que me obsesiona. Textura suntuosa y a la vez arenosa Sabor dulce y delicado. Cálido. Retrogusto de aspereza astringente si se le quita bien la piel. Me obsesiona porque no cansa y sorprende. Cada castaña tiene su propia intensidad o delicadeza.
Mi tercer encuentro con la castaña ocurrió este septiembre. Comenzaron a asomarse tímidas en las pastelerías y cafeterías; con un poco más de decisión en los supermercados; y, sobre todo, en la promesa de ir al bosque de castaños a recogerlas directamente de la tierra donde caen cada año. Bajo las hojas del bosque, como bajo una ola del mar, aparecían cientos de estos erizos amarillos: no marinos, sino caídos del castaño. No son suaves las puyas de la castaña: se defiende porque es tierna y húmeda por dentro. Su depredador natural es el cinghiale (jabalí) que habita esta región y cuyo sonido a veces se escucha. El depredador natural de ambos —la nuez y el animal— es el ser humano.
Ahí estábamos, escapando del camino para adentrarnos en el bosque. En ese momento descubrí que el bosque puede ser luminoso, espacioso y lleno de aire; confronté mi experiencia directa con una imagen mental que no sabía que tenía: el bosque oscuro, estrecho, lleno de ramas y telarañas y ojos que te ven y tú no ves, lleno y que me llena de soledad y miedo.
La belleza del bosque es eterna y siempre cambiante; es lo mismo que solemos decir del mar y del océano, solo que aquí ocurre a otro ritmo, más lento, marcado por las estaciones y por la disponibilidad de recursos: lluvias y sol, nutrientes de la tierra y fauna. El bosque alberga y nos enseña la delicada armonía de la convivencia. Miles de seres vivos conviven y se comunican de maneras que la ciencia apenas está descubriendo, y que quizá el habitante del bosque siempre supo. Las plantas, los animales, los insectos y los hongos están en una conversación que a nosotros nos cuesta escuchar.
La experiencia empírica, sin conocimientos previos, de cómo realizar una colecta de este fruto me ha dejado una sensación de abundancia que difícilmente he sentido lejos de la naturaleza. Después de toda una vida comprando en el supermercado —suministrado por una cadena de producción y distribución tan compleja como cuestionable—, comprender que basta con agacharse y recoger lo que la tierra ofrece es casi un acto revelador. No hay transacciones, no hay intermediarios, no hay etiquetas ni marcas: solo la relación directa entre el ser humano y el entorno que lo sostiene. Cada castaña recogida parecía recordarme algo olvidado, casi ancestral.
Llegar a casa. Seleccionar, limpiar, cocinar, regalar. Darle gracias al bosque. Esperar al próximo año. Una imagen:eres contorno de aquello que ven tus ojos cerrados
Hebras sueltasson enlaces a pequeños callejones, con múltiples salidas 🔮 Más allá de la adivinación: la belleza y el encanto del tarot (video): "El tarot perdura como un rico lenguaje visual para expresar algunas de nuestras esperanzas, miedos y preguntas existenciales más persistentes". 🤔 El efecto Dunning-Kruger: no sabes lo que no sabes (lectura): "(...) Los participantes menos competentes (...) eran más propensos a sobreestimar su rendimiento. Cuanto menos sabían, más creían saber." 🧠 Por qué los espacios liminales son el laboratorio secreto de tu cerebro (lectura): "¿Y si te dijera que esta incomodidad [de la incertidumbre] no es un defecto en tu mente, sino una cualidad?" Gracias por seguir el hilo hasta acá 🧶. Si tienes un comentario o te gustaría compartir algo, puedes responder a este mail. Es otra manera de estar en contacto, a otro ritmo y profundidad. ¡Hasta la próxima entrega!
Nēma* es una correspondencia esporádica y dirigida a personas cercanas ♡. *Del gr. νῆμα 'hilo', antiguamente se cerraban las cartas con un hilo antes de sellarlas. |
Nēma #03: Este es el típico boletín de otoño
Para muchos de ustedes será primavera y para algunos otros solo hay dos estaciones: sequía y lluvia. Para mí es otoño y mientras escribo esto hay un partido de fútbol que parece ser importante. Pero a mí no me importa. Suenan los gritos celebratorios o de pena, no lo sé, algunos perros ladrando y los pájaros a lo lejos. A lo lejos veo la montaña y todas las hojas de todos sus árboles cambiando de color diariamente. Celebro, en silencio, que tengo un escritorio y una silla. Celebro que tengo una habitación para mí, nuevamente. Una habitación propia, como diría Virginia Woolf en una conferencia (que luego sería editada en un libro). Aquella que empieza por su conclusión: para escribir novelas, una mujer necesita dinero y una habitación propia. A propósito de necesitar estabilidad y espacio, cuenta la leyenda que Jane Austen escribió sus novelas en un pequeño recoveco de la casa, entre hacer camas, cocinar para todos y lavar ropa. Admirable, motivador, dirán los workaholics. Sorry to disappoint you, pero ese relato es en gran parte marketing de un sobrino. La historia real es más humana: un hermano recibió una herencia importante, la familia mejoró económicamente y, en ese período, Jane dejó las tareas domésticas y se mudó al ático, donde pudo dedicarse solo a escribir y luego publicar sus novelas. La creación es un acto en sí mismo, no algo a lo que nos dedicamos entre una tarea y otra. Entonces hoy celebro mi pequeña victoria, tengo una habitación para escribir y leer, hacer yoga, desesperarme en privado, comer más chocolate del que debería. Para hacer nada en particular. ❝Nada hace la tierra más espaciosa que teneramigos lejos; son ellos los que creanlas latitudes y las longitudes.❞—Henry David Thoreau El nudoque desenredo entre el afuera y mi adentro Mi primer encuentro con ellas fue a los nueve años. Entre las nueces y los turrones de Navidad aparecieron las castañas. Habían viajado desde China o España hasta Venezuela, y luego de algún mercado a nuestra casa. Mi abuela hizo un viaje mental a su infancia en Galicia para recordar cómo se preparaban: asadas en una sartén vieja, lo más vieja y esperolá posible. Ahí se asaron y empezaron a explotar; saltaban y escapaban del calor. Las contuvimos con una tapa, y aquello sonaba a Navidad, a triquitraquis y fuegos artificiales, pero todo ahí dentro y sin pólvora. El procedimiento fue aproximado, el resultado dudoso, pero a mí me encantaron. Recuerdo pasar mucho tiempo quitándoles la cáscara y luego la piel hasta llegar a su carne. Nadie más las comió, y desaparecieron todas bajo mis manos. Mi segundo encuentro fue muchos años después, en un pequeño café francés de Caracas. Mis ojos recorrían con atención el menú cuando leí una frase mágica: crêpes de castañas. Me vi a mí misma de niña corriendo a la cocina para comer una más, solo una más. Automáticamente pedí ese plato sin tener mucha idea. Mi imaginación se desbordó tratando de recordar su sabor. Luego llegó mi crêpe y me decepcioné: en vez de castañas, había una mermelada marrón y de poco sabor. Pero, con cada bocado, reconocía nuevos matices de aquel recuerdo, más tenues y, justamente por eso, uno de esos sabores que te piden bajar las expectativas, aceptarlos como son y nutrirte de ellos.
No es un sabor fácil de describir, pero es el tipo de sabor que me obsesiona. Textura suntuosa y a la vez arenosa Sabor dulce y delicado. Cálido. Retrogusto de aspereza astringente si se le quita bien la piel. Me obsesiona porque no cansa y sorprende. Cada castaña tiene su propia intensidad o delicadeza.
Mi tercer encuentro con la castaña ocurrió este septiembre. Comenzaron a asomarse tímidas en las pastelerías y cafeterías; con un poco más de decisión en los supermercados; y, sobre todo, en la promesa de ir al bosque de castaños a recogerlas directamente de la tierra donde caen cada año. Bajo las hojas del bosque, como bajo una ola del mar, aparecían cientos de estos erizos amarillos: no marinos, sino caídos del castaño. No son suaves las puyas de la castaña: se defiende porque es tierna y húmeda por dentro. Su depredador natural es el cinghiale (jabalí) que habita esta región y cuyo sonido a veces se escucha. El depredador natural de ambos —la nuez y el animal— es el ser humano.
Ahí estábamos, escapando del camino para adentrarnos en el bosque. En ese momento descubrí que el bosque puede ser luminoso, espacioso y lleno de aire; confronté mi experiencia directa con una imagen mental que no sabía que tenía: el bosque oscuro, estrecho, lleno de ramas y telarañas y ojos que te ven y tú no ves, lleno y que me llena de soledad y miedo.
La belleza del bosque es eterna y siempre cambiante; es lo mismo que solemos decir del mar y del océano, solo que aquí ocurre a otro ritmo, más lento, marcado por las estaciones y por la disponibilidad de recursos: lluvias y sol, nutrientes de la tierra y fauna. El bosque alberga y nos enseña la delicada armonía de la convivencia. Miles de seres vivos conviven y se comunican de maneras que la ciencia apenas está descubriendo, y que quizá el habitante del bosque siempre supo. Las plantas, los animales, los insectos y los hongos están en una conversación que a nosotros nos cuesta escuchar.
La experiencia empírica, sin conocimientos previos, de cómo realizar una colecta de este fruto me ha dejado una sensación de abundancia que difícilmente he sentido lejos de la naturaleza. Después de toda una vida comprando en el supermercado —suministrado por una cadena de producción y distribución tan compleja como cuestionable—, comprender que basta con agacharse y recoger lo que la tierra ofrece es casi un acto revelador. No hay transacciones, no hay intermediarios, no hay etiquetas ni marcas: solo la relación directa entre el ser humano y el entorno que lo sostiene. Cada castaña recogida parecía recordarme algo olvidado, casi ancestral.
Llegar a casa. Seleccionar, limpiar, cocinar, regalar. Darle gracias al bosque. Esperar al próximo año. Una imagen:eres contorno de aquello que ven tus ojos cerrados
Hebras sueltasson enlaces a pequeños callejones, con múltiples salidas 🔮 Más allá de la adivinación: la belleza y el encanto del tarot (video): "El tarot perdura como un rico lenguaje visual para expresar algunas de nuestras esperanzas, miedos y preguntas existenciales más persistentes". 🤔 El efecto Dunning-Kruger: no sabes lo que no sabes (lectura): "(...) Los participantes menos competentes (...) eran más propensos a sobreestimar su rendimiento. Cuanto menos sabían, más creían saber." 🧠 Por qué los espacios liminales son el laboratorio secreto de tu cerebro (lectura): "¿Y si te dijera que esta incomodidad [de la incertidumbre] no es un defecto en tu mente, sino una cualidad?" Gracias por seguir el hilo hasta acá 🧶. Si tienes un comentario o te gustaría compartir algo, puedes responder a este mail. Es otra manera de estar en contacto, a otro ritmo y profundidad. ¡Hasta la próxima entrega!
Nēma* es una correspondencia esporádica y dirigida a personas cercanas ♡. *Del gr. νῆμα 'hilo', antiguamente se cerraban las cartas con un hilo antes de sellarlas. |