Parece que este es un seasonal newsletter, que va con las estaciones del año y no con mi plan original de enviarlo cada quince días; acepto tus ritmos, pequeño proyecto personal sin dirección precisa. Existe una distancia, quizá irreconciliable, entre la expectativa y lo que ocurre. A veces es una distancia mínima que no vale la pena registrar, pero la mayoría de las veces se siente: oprime y desanima. La disciplina, dirán algunos; la disciplina es la solución. Sí, pero en este momento de mi vida me parece más importante la perseverancia. Aceptar que las cosas no están saliendo como uno quería y seguir, de todos modos. Hoy puedo decir que para mí la disciplina no es cuestión de fuerza de carácter ni de voluntad, sino de la salud del sistema nervioso. Uno no sostiene un proyecto porque quiera mucho, sino porque tiene debajo una estructura estable; aquí me pongo muy básica: alimento, vivienda, salud, relaciones sanas. Pero cuando esa estructura tiembla, lo único que queda es no soltar del todo. Volver Este número es exactamente eso: no soltar. Entre otras noticias, a finales de la primavera empezamos un huerto. En Italia es frecuente tener su pedacito de tierra para sembrar, y en el edificio donde vivo cada apartamento tiene el suyo. Sembramos calabacín, calabaza, melón, patilla, lechuga, rábano, puerro, remolacha; algunas flores, como girasoles; algunos arbustos perennes, como el arándano y la mora. Descubrí que un huerto está lleno de lecciones, como todas las disciplinas lentas. La primera lección me la dieron las semillas. Uno puede sembrar diez, hacer todo lo que se supone —la tierra correcta, el agua correcta, la luz correcta— y aun así no nacen todas. Y hay que vivir con eso; es más, hay que agradecer que de diez nazcan cinco. Estamos mal acostumbrados: somos a la vez egoístas e ingenuos cuando pensamos que cada acción que ponemos allá afuera en el mundo va a dar un resultado, y encima el resultado exacto que esperábamos, porque imagínate, si no es así que fracaso. Es un exceso de ansiedad, de querer controlar los mil factores de la vida que ni tenemos la capacidad de comprender. El huerto enseña que uno puede poner diez voluntades, diez esfuerzos, y quizás cinco florezcan y solo dos den fruto. La segunda me la enseñó el calabacín, que es una planta generosa hasta lo absurdo: crece rapidísimo y da frutos todos los días, como un pequeño supermercado. Uno, creyéndose vivo, piensa: "coño, el año que viene sembramos solo calabacín". Pero no lo haremos, porque al investigar un poco nos cruzamos con que el calabacín necesita mucho alimento, y si se convierte en monocultivo en un espacio pequeño empobrece la tierra. Esto, además de arruinarnos el huerto, nos generaría trabajo extra: fertilizar la tierra de manera natural es algo que toma tiempo. El huerto es un ecosistema del que formo parte, no un instrumento de mis necesidades. Sí, soy yo la que pone la semilla y el agua, y hasta el fertilizante si quiero. Pero mi voluntad es minúscula al lado de todo lo que hace la naturaleza —de todos los procesos invisibles— para que salga una flor y luego un fruto. La primera vez que uno lo ve con sus propios ojos no le interesa la ciencia detrás: es sencillamente asombroso. Uno pone la semilla, pone el agua, y en verano, con este calor, riega una o dos veces al día y ve que entre la mañana y la noche la planta creció centímetros. Parece magia. El milagro de la vida, sin más. Así que ya estoy fantaseando con el huerto del año que viene, pero de eso hablaremos en primavera. Por ahora, los dejo con este número. Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. —Antonio Machado El nudoque desenredo entre el afuera y mi adentro Antes de mudarme a Buenos Aires tuve la sensación, fortísima, de estar haciendo un movimiento vertical, en descenso. No un desplazamiento lateral hacia otro país, otra ciudad, otras casas — sino un paso hacia abajo, hacia algo sin fondo visible. Un salto al vacío o un paso en falso: es difícil saber la diferencia antes de, en efecto, dar el paso. Hay un gesto que se ha quedado conmigo desde entonces. Aparece en Stalker, de Tarkovski: el personaje ata un trapito a una piedra y la lanza en la dirección que intuye correcta para su próximo paso. Esa es su brújula. No un mapa, no una ruta trazada de antemano — una piedra, un trapo, un lanzamiento. El gesto se repite cada vez que necesita avanzar dentro de la Zona. La Zona es un territorio delimitado desde afuera. No se define por su centro ni por su contenido sino por su perímetro: hay un cordón policial, hay una prohibición, hay algo que ocurrió adentro y que nadie sabe con certeza qué fue. Del latín zona, del griego zōnē: cinturón, faja. La zona existe porque alguien trazó su borde y dijo: hasta aquí. Lo que hay dentro queda sin nombre, sin caminos y sin garantías. El stalker se siente más aprisionado afuera de la Zona.
Stalker (1979), Andrei Tarkovski. https://www.scenestill.com/films/1398 Eso lo entendí mucho después, cuando ya llevaba años moviéndome: que la sensación de libertad no siempre está del lado donde no hay muros ni límites (aparentes). A veces la zona prohibida, la que tiene riesgo de extravío, es el único lugar donde algo verdadero puede ocurrir. El mundo ordenado de afuera — con sus caminos señalizados, sus itinerarios conocidos, sus viae romanae trazadas por decreto — puede ser una forma de encierro para ciertas personas, o para ciertos momentos de la vida. Cuando se migra, uno entra en una zona. No en un sentido dramático ni de desastre — aunque a veces lo parezca. Sino en el sentido etimológico: uno cruza un perímetro y lo que queda al otro lado no tiene caminos previos. No porque sean invisibles o difíciles de encontrar, sino porque genuinamente no existen todavía. Heidegger lo dice con la precisión de quien conoce el bosque: "hay caminos que cesan bruscamente en lo no hollado". Los Holzwege — que suelen traducirse como caminos de bosque, aunque son, más precisamente, los caminos del leñador — terminan donde inicia el bosque. Más allá no hay sendero porque nadie fue todavía. Escribí sobre esto en la entrega anterior. La migración es entrar en eso. En lo no hollado. Lo primero que uno busca, con urgencia casi animal, son caminos. Mapas. Instrucciones. Alguien que haya pasado antes y haya dejado una marca. Una señal. Pero la zona (del migrante) no los tiene; o los tiene a medias, interrumpidos, cubiertos de maleza. Lo que parece un sendero termina de pronto y uno queda parado mirando la tierra sin huella. Uno entra en el monte y siente dentro de sí la necesidad de abrir ese camino en cualquier dirección que necesite el corazón. En esos momentos uno aprende a cederle el paso al stalker que lleva dentro. Entonces, en silencio y con los ojos muy abiertos, aparece el gesto. No la brújula, ni el mapa; aparece la piedra que vuela por el aire con su estela de trapo y cae en tierra segura. Trazar: arrastrar algo sobre una superficie desconocida para ver si el espacio acepta ser prolongado en esa dirección. El stalker no sabe si el camino es seguro; lanza la piedra para tantear el suelo que viene. No es certeza — es una pregunta hecha con el cuerpo. Migrar es eso. Una secuencia de preguntas hechas con el cuerpo. La huella existe porque los cuerpos pasan con suficiente frecuencia. Pero antes de que exista la huella, antes de que el paso repetido la consolide, está el primer cuerpo que cruza. El camino — del latín camminus — nació así: alguien fue, y al volver fue de nuevo por donde ya había pisado, la tierra fue cediendo, y otros siguieron, y un buen día esa secuencia de gestos se convirtió en un camino. Pero hubo un momento anterior a todo eso. Un momento en que no había nada más que la tierra sin pisar y alguien que necesitaba cruzar de un lado a otro en el territorio. Ahora quiero hablar de otro reino. Los elefantes de tierras altas y secas usan la trompa para palpar el suelo antes de dar un paso cuando el terreno es peligroso. Un poco como hace el stalker. En cambio, los elefantes de la selva recorren caminos milenarios, hacen los mismos recorridos que sus bisabuelos. Sus patas, al pisar la tierra, no dejan que nazca nada sobre la huella, porque la compactan impresionantemente.
Los secretos de los elefantes (National Geographic). Narrada por Nathalie Portman 🥹 A la vez que impiden que la selva crezca en estos caminos trazados durante generaciones, son unos grandes dispersores de semillas. Es una simbiosis perfecta entre ambos: la selva y la manada de elefantes. El nacimiento de un camino dura años en la vida de un ser humano; de hecho, puede durar más que la propia vida. Uno camina y camina y no encuentra los caminos, o no los ve, pero está precisamente sobre uno, dibujándolo.
Un sendero que se pierde en la montaña (Jujuy, 2024) Las encrucijadas: puntos de encuentro entre dos o más caminos. Ahora vamos a Grecia. Ahí, en las encrucijadas, los caminantes colocaban montoncitos de piedras: los hermaioi lophoi, las colinas de Hermes. Cada uno que pasaba añadía una piedra más, como constancia de que alguien estuvo ahí, en ese punto de indecisión. Con el tiempo esos montones se volvieron pilares, se les talló una cabeza, se les dio un nombre: Hermes, dios de los umbrales, de los cruces, del movimiento entre mundos. El único que podía entrar y salir del reino de los muertos. El que vive permanentemente entre. Pero el gesto es muchísimo más viejo que Grecia, y le pertenece a todo el mundo. En los Andes lo llaman apacheta: un cono de piedras en los puntos más altos del camino, donde cada viajero deja una piedra que trajo desde el inicio del viaje, como agradecimiento a la Pachamama por haberlo dejado subir. En las tierras altas de Escocia e Irlanda son cairns. En las estepas de Mongolia y el Tíbet, ovoo. Los inuit construyen inuksuit con forma de silueta humana, para que el camino y el caminante se sientan acompañados, aunque no haya nadie. Distintos pueblos, distintos siglos, sin haberse cruzado jamás, y todos llegaron al mismo gesto: una piedra más, puesta sobre las que ya estaban. Yo hice una, sin saber que tenía nombre y toda una tradición. En Jujuy, al llegar al Cerro de los Catorce Colores, con una amiga, construimos un montoncito de piedras como agradecimiento y como promesa de algo que no sabemos con certeza pero que intuimos. Habíamos visto muchos en el camino — no sabíamos bien qué eran, pero entendimos que había que sumar una piedra, no quitarla.
Apacheta (Jujuy, 2024) Aquí en Italia también los veo, al costado de los senderos de montaña: montones sin orden aparente, como la arena que cae dentro de un reloj, no marcando la hora, sino el volumen de los que pasaron y se acordaron de dejar algo. El migrante es una criatura de Hermes: no pertenece del todo a ninguno de los dos lados del umbral. Y el gesto del stalker — esa piedra lanzada para tantear si el espacio acepta ser recorrido — es hermano del gesto de quien suma una piedra a la apacheta, al cairn, al ovoo. Hay una diferencia entre camino y sendero que el español captura bien. El camino tiene cierta permanencia: alguien lo recorrió antes, algo lo sostiene, alguien lo mantiene. El sendero es frágil: si nadie lo recorre una temporada, la maleza lo cierra.
Como venimos diciendo, el camino formal se termina en algún momento de la migración. Y es una sensación durísima: la de estar perdido sin saber qué hacer. No porque uno se haya extraviado, ni porque se hayan agotado las opciones, sino porque delante ya no hay nada trazado. El Holzweg llegó a su fin y lo que queda es abrir senderos en bosque, incluso descubrirlos: maleza que apartar, pasos que dar en la dirección de la intuición.
Uno de los caminos de bosque que hago con más frecuencia queda cerca de mi casa. Son senderos que existen desde hace cientos de años, y que las personas de la zona usan para ir de un pueblo a otro, para pasear a los perros o simplemente caminar. Hay una parte de este sendero que no parece para caminar, parece para que baje el agua, como una pequeña quebradita. Es estrecho, lleno de piedras y con bastante inclinación, pero es un camino. Para mí cuando lo recorro y para el agua de lluvia. Regreso a la sensación que describí al inicio: di un paso en caída, al migrar. ¿Cómo podemos saber la profundidad de un pozo? Lanzamos una piedra y esperamos el sonido. Una imagen y fragmentos de la introducción:me parece más importante la perseverancia no soltar las semillas el huerto enseña es algo que toma tiempo un ecosistema del que formo parte
Hebras sueltasson enlaces a pequeños callejones, con múltiples salidas Un ejercicio zen — neal.fun/rocks Para acompañar el texto de este número y recordar la apacheta de Jujuy: apilar piedras, sin más. Qué pasa en la naturaleza cerca de uno — naturethisweek.com Lindísimo para saber qué está ocurriendo, esta semana, en el mundo natural que te rodea. A algunos de los animalitos e insectos que nombra ya los había visto por ahí; hay algo muy bonito en reconocer sus nombres cuando los veo. Una madriguera para el mes — @CACHETADA Un canal sobre temas esotéricos, una de mis pasiones ocultas jiji, pero desde una mirada analítica: la historia y el desarrollo de ciertos movimientos, la vida de sus fundadores. Me obsesioné. Lo dejo por si a alguien más le da onda. Gracias por seguir el hilo hasta acá 🧶. Si tienes un comentario o te gustaría compartir algo, puedes responder a este mail. Es otra manera de estar en contacto, a otro ritmo y profundidad. ¡Hasta la próxima entrega!
Nēma* es una correspondencia esporádica y dirigida a personas cercanas ♡. *Del gr. νῆμα 'hilo', antiguamente se cerraban las cartas con un hilo antes de sellarlas. |
Nēma #05: Se hace camino al andar
Parece que este es un seasonal newsletter, que va con las estaciones del año y no con mi plan original de enviarlo cada quince días; acepto tus ritmos, pequeño proyecto personal sin dirección precisa. Existe una distancia, quizá irreconciliable, entre la expectativa y lo que ocurre. A veces es una distancia mínima que no vale la pena registrar, pero la mayoría de las veces se siente: oprime y desanima. La disciplina, dirán algunos; la disciplina es la solución. Sí, pero en este momento de mi vida me parece más importante la perseverancia. Aceptar que las cosas no están saliendo como uno quería y seguir, de todos modos. Hoy puedo decir que para mí la disciplina no es cuestión de fuerza de carácter ni de voluntad, sino de la salud del sistema nervioso. Uno no sostiene un proyecto porque quiera mucho, sino porque tiene debajo una estructura estable; aquí me pongo muy básica: alimento, vivienda, salud, relaciones sanas. Pero cuando esa estructura tiembla, lo único que queda es no soltar del todo. Volver Este número es exactamente eso: no soltar. Entre otras noticias, a finales de la primavera empezamos un huerto. En Italia es frecuente tener su pedacito de tierra para sembrar, y en el edificio donde vivo cada apartamento tiene el suyo. Sembramos calabacín, calabaza, melón, patilla, lechuga, rábano, puerro, remolacha; algunas flores, como girasoles; algunos arbustos perennes, como el arándano y la mora. Descubrí que un huerto está lleno de lecciones, como todas las disciplinas lentas. La primera lección me la dieron las semillas. Uno puede sembrar diez, hacer todo lo que se supone —la tierra correcta, el agua correcta, la luz correcta— y aun así no nacen todas. Y hay que vivir con eso; es más, hay que agradecer que de diez nazcan cinco. Estamos mal acostumbrados: somos a la vez egoístas e ingenuos cuando pensamos que cada acción que ponemos allá afuera en el mundo va a dar un resultado, y encima el resultado exacto que esperábamos, porque imagínate, si no es así que fracaso. Es un exceso de ansiedad, de querer controlar los mil factores de la vida que ni tenemos la capacidad de comprender. El huerto enseña que uno puede poner diez voluntades, diez esfuerzos, y quizás cinco florezcan y solo dos den fruto. La segunda me la enseñó el calabacín, que es una planta generosa hasta lo absurdo: crece rapidísimo y da frutos todos los días, como un pequeño supermercado. Uno, creyéndose vivo, piensa: "coño, el año que viene sembramos solo calabacín". Pero no lo haremos, porque al investigar un poco nos cruzamos con que el calabacín necesita mucho alimento, y si se convierte en monocultivo en un espacio pequeño empobrece la tierra. Esto, además de arruinarnos el huerto, nos generaría trabajo extra: fertilizar la tierra de manera natural es algo que toma tiempo. El huerto es un ecosistema del que formo parte, no un instrumento de mis necesidades. Sí, soy yo la que pone la semilla y el agua, y hasta el fertilizante si quiero. Pero mi voluntad es minúscula al lado de todo lo que hace la naturaleza —de todos los procesos invisibles— para que salga una flor y luego un fruto. La primera vez que uno lo ve con sus propios ojos no le interesa la ciencia detrás: es sencillamente asombroso. Uno pone la semilla, pone el agua, y en verano, con este calor, riega una o dos veces al día y ve que entre la mañana y la noche la planta creció centímetros. Parece magia. El milagro de la vida, sin más. Así que ya estoy fantaseando con el huerto del año que viene, pero de eso hablaremos en primavera. Por ahora, los dejo con este número. Caminante, son tus huellas el camino y nada más; caminante, no hay camino, se hace camino al andar. Al andar se hace camino, y al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a pisar. —Antonio Machado El nudoque desenredo entre el afuera y mi adentro Antes de mudarme a Buenos Aires tuve la sensación, fortísima, de estar haciendo un movimiento vertical, en descenso. No un desplazamiento lateral hacia otro país, otra ciudad, otras casas — sino un paso hacia abajo, hacia algo sin fondo visible. Un salto al vacío o un paso en falso: es difícil saber la diferencia antes de, en efecto, dar el paso. Hay un gesto que se ha quedado conmigo desde entonces. Aparece en Stalker, de Tarkovski: el personaje ata un trapito a una piedra y la lanza en la dirección que intuye correcta para su próximo paso. Esa es su brújula. No un mapa, no una ruta trazada de antemano — una piedra, un trapo, un lanzamiento. El gesto se repite cada vez que necesita avanzar dentro de la Zona. La Zona es un territorio delimitado desde afuera. No se define por su centro ni por su contenido sino por su perímetro: hay un cordón policial, hay una prohibición, hay algo que ocurrió adentro y que nadie sabe con certeza qué fue. Del latín zona, del griego zōnē: cinturón, faja. La zona existe porque alguien trazó su borde y dijo: hasta aquí. Lo que hay dentro queda sin nombre, sin caminos y sin garantías. El stalker se siente más aprisionado afuera de la Zona.
Stalker (1979), Andrei Tarkovski. https://www.scenestill.com/films/1398 Eso lo entendí mucho después, cuando ya llevaba años moviéndome: que la sensación de libertad no siempre está del lado donde no hay muros ni límites (aparentes). A veces la zona prohibida, la que tiene riesgo de extravío, es el único lugar donde algo verdadero puede ocurrir. El mundo ordenado de afuera — con sus caminos señalizados, sus itinerarios conocidos, sus viae romanae trazadas por decreto — puede ser una forma de encierro para ciertas personas, o para ciertos momentos de la vida. Cuando se migra, uno entra en una zona. No en un sentido dramático ni de desastre — aunque a veces lo parezca. Sino en el sentido etimológico: uno cruza un perímetro y lo que queda al otro lado no tiene caminos previos. No porque sean invisibles o difíciles de encontrar, sino porque genuinamente no existen todavía. Heidegger lo dice con la precisión de quien conoce el bosque: "hay caminos que cesan bruscamente en lo no hollado". Los Holzwege — que suelen traducirse como caminos de bosque, aunque son, más precisamente, los caminos del leñador — terminan donde inicia el bosque. Más allá no hay sendero porque nadie fue todavía. Escribí sobre esto en la entrega anterior. La migración es entrar en eso. En lo no hollado. Lo primero que uno busca, con urgencia casi animal, son caminos. Mapas. Instrucciones. Alguien que haya pasado antes y haya dejado una marca. Una señal. Pero la zona (del migrante) no los tiene; o los tiene a medias, interrumpidos, cubiertos de maleza. Lo que parece un sendero termina de pronto y uno queda parado mirando la tierra sin huella. Uno entra en el monte y siente dentro de sí la necesidad de abrir ese camino en cualquier dirección que necesite el corazón. En esos momentos uno aprende a cederle el paso al stalker que lleva dentro. Entonces, en silencio y con los ojos muy abiertos, aparece el gesto. No la brújula, ni el mapa; aparece la piedra que vuela por el aire con su estela de trapo y cae en tierra segura. Trazar: arrastrar algo sobre una superficie desconocida para ver si el espacio acepta ser prolongado en esa dirección. El stalker no sabe si el camino es seguro; lanza la piedra para tantear el suelo que viene. No es certeza — es una pregunta hecha con el cuerpo. Migrar es eso. Una secuencia de preguntas hechas con el cuerpo. La huella existe porque los cuerpos pasan con suficiente frecuencia. Pero antes de que exista la huella, antes de que el paso repetido la consolide, está el primer cuerpo que cruza. El camino — del latín camminus — nació así: alguien fue, y al volver fue de nuevo por donde ya había pisado, la tierra fue cediendo, y otros siguieron, y un buen día esa secuencia de gestos se convirtió en un camino. Pero hubo un momento anterior a todo eso. Un momento en que no había nada más que la tierra sin pisar y alguien que necesitaba cruzar de un lado a otro en el territorio. Ahora quiero hablar de otro reino. Los elefantes de tierras altas y secas usan la trompa para palpar el suelo antes de dar un paso cuando el terreno es peligroso. Un poco como hace el stalker. En cambio, los elefantes de la selva recorren caminos milenarios, hacen los mismos recorridos que sus bisabuelos. Sus patas, al pisar la tierra, no dejan que nazca nada sobre la huella, porque la compactan impresionantemente.
Los secretos de los elefantes (National Geographic). Narrada por Nathalie Portman 🥹 A la vez que impiden que la selva crezca en estos caminos trazados durante generaciones, son unos grandes dispersores de semillas. Es una simbiosis perfecta entre ambos: la selva y la manada de elefantes. El nacimiento de un camino dura años en la vida de un ser humano; de hecho, puede durar más que la propia vida. Uno camina y camina y no encuentra los caminos, o no los ve, pero está precisamente sobre uno, dibujándolo.
Un sendero que se pierde en la montaña (Jujuy, 2024) Las encrucijadas: puntos de encuentro entre dos o más caminos. Ahora vamos a Grecia. Ahí, en las encrucijadas, los caminantes colocaban montoncitos de piedras: los hermaioi lophoi, las colinas de Hermes. Cada uno que pasaba añadía una piedra más, como constancia de que alguien estuvo ahí, en ese punto de indecisión. Con el tiempo esos montones se volvieron pilares, se les talló una cabeza, se les dio un nombre: Hermes, dios de los umbrales, de los cruces, del movimiento entre mundos. El único que podía entrar y salir del reino de los muertos. El que vive permanentemente entre. Pero el gesto es muchísimo más viejo que Grecia, y le pertenece a todo el mundo. En los Andes lo llaman apacheta: un cono de piedras en los puntos más altos del camino, donde cada viajero deja una piedra que trajo desde el inicio del viaje, como agradecimiento a la Pachamama por haberlo dejado subir. En las tierras altas de Escocia e Irlanda son cairns. En las estepas de Mongolia y el Tíbet, ovoo. Los inuit construyen inuksuit con forma de silueta humana, para que el camino y el caminante se sientan acompañados, aunque no haya nadie. Distintos pueblos, distintos siglos, sin haberse cruzado jamás, y todos llegaron al mismo gesto: una piedra más, puesta sobre las que ya estaban. Yo hice una, sin saber que tenía nombre y toda una tradición. En Jujuy, al llegar al Cerro de los Catorce Colores, con una amiga, construimos un montoncito de piedras como agradecimiento y como promesa de algo que no sabemos con certeza pero que intuimos. Habíamos visto muchos en el camino — no sabíamos bien qué eran, pero entendimos que había que sumar una piedra, no quitarla.
Apacheta (Jujuy, 2024) Aquí en Italia también los veo, al costado de los senderos de montaña: montones sin orden aparente, como la arena que cae dentro de un reloj, no marcando la hora, sino el volumen de los que pasaron y se acordaron de dejar algo. El migrante es una criatura de Hermes: no pertenece del todo a ninguno de los dos lados del umbral. Y el gesto del stalker — esa piedra lanzada para tantear si el espacio acepta ser recorrido — es hermano del gesto de quien suma una piedra a la apacheta, al cairn, al ovoo. Hay una diferencia entre camino y sendero que el español captura bien. El camino tiene cierta permanencia: alguien lo recorrió antes, algo lo sostiene, alguien lo mantiene. El sendero es frágil: si nadie lo recorre una temporada, la maleza lo cierra.
Como venimos diciendo, el camino formal se termina en algún momento de la migración. Y es una sensación durísima: la de estar perdido sin saber qué hacer. No porque uno se haya extraviado, ni porque se hayan agotado las opciones, sino porque delante ya no hay nada trazado. El Holzweg llegó a su fin y lo que queda es abrir senderos en bosque, incluso descubrirlos: maleza que apartar, pasos que dar en la dirección de la intuición.
Uno de los caminos de bosque que hago con más frecuencia queda cerca de mi casa. Son senderos que existen desde hace cientos de años, y que las personas de la zona usan para ir de un pueblo a otro, para pasear a los perros o simplemente caminar. Hay una parte de este sendero que no parece para caminar, parece para que baje el agua, como una pequeña quebradita. Es estrecho, lleno de piedras y con bastante inclinación, pero es un camino. Para mí cuando lo recorro y para el agua de lluvia. Regreso a la sensación que describí al inicio: di un paso en caída, al migrar. ¿Cómo podemos saber la profundidad de un pozo? Lanzamos una piedra y esperamos el sonido. Una imagen y fragmentos de la introducción:me parece más importante la perseverancia no soltar las semillas el huerto enseña es algo que toma tiempo un ecosistema del que formo parte
Hebras sueltasson enlaces a pequeños callejones, con múltiples salidas Un ejercicio zen — neal.fun/rocks Para acompañar el texto de este número y recordar la apacheta de Jujuy: apilar piedras, sin más. Qué pasa en la naturaleza cerca de uno — naturethisweek.com Lindísimo para saber qué está ocurriendo, esta semana, en el mundo natural que te rodea. A algunos de los animalitos e insectos que nombra ya los había visto por ahí; hay algo muy bonito en reconocer sus nombres cuando los veo. Una madriguera para el mes — @CACHETADA Un canal sobre temas esotéricos, una de mis pasiones ocultas jiji, pero desde una mirada analítica: la historia y el desarrollo de ciertos movimientos, la vida de sus fundadores. Me obsesioné. Lo dejo por si a alguien más le da onda. Gracias por seguir el hilo hasta acá 🧶. Si tienes un comentario o te gustaría compartir algo, puedes responder a este mail. Es otra manera de estar en contacto, a otro ritmo y profundidad. ¡Hasta la próxima entrega!
Nēma* es una correspondencia esporádica y dirigida a personas cercanas ♡. *Del gr. νῆμα 'hilo', antiguamente se cerraban las cartas con un hilo antes de sellarlas. |