Hola, de nuevo. Cuatro meses después llego de nuevo a tu inbox; cuatro meses de estar perdida entre dos lenguas, dos trabajos, dos exámenes que presentar, documentos que validar, asuntos familiares que atender, y entre todo eso sin encontrarme a mí misma ni el tiempo ni el espacio interior para dedicarme a escribir. Ya es primavera y nuevamente veo a la montaña cambiar de color: ahora reverdece y cuando camino dentro de ella, dentro de sus senderos o caminos, veo los botones de las hojas y de las flores naciendo, las pequeñas ramas de árboles bebé que quizá no sobrevivan al próximo invierno pero que igual nacen y lo intentan.
Muchas veces estos pequeños brotes de árboles sobreviven durante años —como brotes, porque todavía no tienen las condiciones para crecer, ya que los árboles más grandes tapan la luz. Una vez que el árbol grande muere, el pequeño puede crecer y consumir los recursos que aquel dejó atrás; pero muchas veces al brote de árbol se lo come un animal, lo pisa un humano, le agarran hongos o las condiciones no le permiten continuar viviendo. Miles de estos brotes nacen todos los años en primavera, pero pocos llegan a la próxima primavera. Podríamos decir que es un milagro que un árbol crezca, pero también es algo natural: el equilibrio de la tierra y la sabiduría del bosque.
Pasa un poco así con las ideas, los proyectos, las fantasías, los sueños, los deseos. De todos los que pasan por nuestra mente, pocos llegan a nacer en el mundo concreto —es decir, a la forma de un brote de árbol— y menos todavía llegan a recibir las condiciones propicias para crecer. Y sabemos que aunque las reciban, es un proceso de años llegar a tener un árbol adulto, una idea concretizada, un proyecto formado y activo. Después de mi primer invierno en el hemisferio norte (tomé vitamina D y B12), le doy un poco de luz a mi pequeño proyecto, y la tierra fertil son ustedes, que lo leen. ❝April is the cruellest month, breedingLilacs out of the dead land, mixingMemory and desire, stirringDull roots with spring rain.Winter kept us warm, coveringEarth in forgetful snow, feedingA little life with dried tubers.❞—T.S. Elliot El nudoque desenredo entre el afuera y mi adentro I Mi primer recuerdo del bosque llega desde la infancia. El centro de esa experiencia no está en la vista, sino en el paladar, en la búsqueda y en la complicidad. Era un día de campo con mi familia materna. Mi abuela me pidió que la acompañara a buscar frutos en el bosque. Entramos y salimos de distintos caminos hasta encontrar un arbusto lleno de fresas. Comimos algunas y recolectamos otras para llevar al resto de la familia. Yo quería comerlas todas, llevarlas todas. Mi abuela me dijo que no tenía sentido, que había que dejarlas para los demás. ¿Quiénes son los demás?, pensaba mi yo de cuatro años. No sé si este recuerdo proviene de una experiencia vivida, de un sueño o de mi imaginación. Sé que ahora no tiene importancia distinguirlo. Lo recuerdo como la primera vez que entré a un bosque, y eso tiene más valor que determinar con precisión en qué reino de la memoria se ubica o cómo se encadena con lo que vino antes y después. II El Ávila: esa gran montaña que separa y resguarda Caracas del mar Caribe. Recuerdo que, cuando era niña, podía verla desde la casa de la misma abuela de la historia anterior. Imaginaba que volaba hasta la cima y de ahí caminaba por todo el filo de la montaña; imaginaba que con solo un salto estaría ya en la playa. Los fines de semana, mi mamá y yo subíamos a Sabas Nieves o a Quebrada Quintero; para mí eran recorridos eternos y no veía la hora de llegar. Recuerdo el cambio de color de la tierra, las hormigas que nos acompañaban y se salían del sendero; recuerdo los helados de hielo y de guanábana en algún punto del recorrido; recuerdo que me gustaba más bajar que subir; recuerdo que una de las reglas de mi mamá era no pisar los montoncitos de hojas porque podía haber algún animal debajo. A veces yo los pisaba para ver qué pasaba. Yo no veía el bosque, ni las plantas ni los árboles; veía el sendero de tierra, las piedras y las raíces que quedaban descubiertas por la erosión de las lluvias y de nuestros pasos, de todos nosotros.
En mi fantasía del vuelo olvidaba el hecho de que esa misma montaña estaba cubierta de un bosque lleno de vida: pájaros, culebras, lagartos, insectos y, según cuentan, venados y cunaguaros. Cuando lo recordaba, al hacer un plan para llegar a la cima, me parecía increíble que los fines de semana yo iba a ese bosque, adentro, y no se parecía en nada a lo que veía desde la casa de mi abuela; no veía los senderos, ni las hormigas, ni los tonos de tierra, ni las raíces, ni la cava con helado. Ya adulta, en el período antes de irme a Buenos Aires, construí el hábito —junto con un buen amigo— de ir en las mañanas al Ávila, a Sabas Nieves. Un día llegamos tan temprano que todavía era de noche. Sentí peligro por la oscuridad y aquella advertencia de mi mamá —"no pises las hojas porque puede haber algún animal debajo"— me resonó; entendí que lo que no se ve genera más temor que lo que se ve. En ese momento no estaba lista para entrar al bosque de noche.
III Cuando trabajé como librera leí muy poco, y eso me sorprendió. Pensé que iba a leer más. La abundancia casi absoluta de libros me abrumaba: demasiados posibles caminos. Leía prólogos, sinopsis, dedicatorias; mis ojos recorrían los índices como un escáner. Pasaba las semanas ordenando alfabéticamente cada sección y recomendaba libros que ya conocía. "H" de Heidegger y de Holzwege. Caminos del bosque es un libro que encontré como una promesa de lectura que todavía no he cumplido. La cita que copio más abajo —y que se encuentra al inicio del libro, a modo de umbral antes de los ensayos— se ha quedado conmigo hasta hoy, casi diez años después de haberla leído por primera vez.
De la librería pasé a trabajar en el archivo documental de una fundación de arte. A primera vista, estos espacios dan una impresión fría y estructurada. Son fríos literalmente: para reducir la posibilidad de que organismos vivos conquisten el territorio del archivo y destruyan papeles, fotografías, libros. A pesar de esta visión profiláctica, el archivo sí es un organismo vivo, aunque contenido en una cápsula de Petri. La única manera de que entre algo nuevo es a través del archivista, el documentalista, el arconte del archivo. Todas las mañanas, como una guardabosques, entraba en los caminos de ese archivo para confirmar o corregir información; al final del día encontraba mi camino de regreso al mundo exterior, caótico y decadente, para al día siguiente volver a adentrarme en el sendero trazado por alguien anterior a mí. Fue un trabajo extremadamente aburrido, lo cual es fantástico para la relajación y la imaginación, aunque también propicio para la depresión. Un día abrimos una caja con las obras tempranas de Gego —bocetos y primeros dibujos que ni siquiera se consideran para catálogos o libros— y ahí lo encontré: "como si fueran iguales, pero es una mera apariencia". Esos bocetos iniciales fueron el primer paso hacia obras que nacieron décadas después. Todos la recordamos a la Gego por su Reticulárea (1969) ⬇, y muchas obras más, también en otros formatos.
La artista se mantuvo fiel a su pregunta, a su exploración durante todo ese tiempo, desde su primer trazo hasta el último: abrió senderos que, antes de ser materializados con su obra, eran invisibles. Había entendido, desde el principio, "lo que significa encontrarse en un camino que se pierde en el bosque", y se adentró en él con convicción. IV Ahora vivo muy cerca de la montaña y el bosque. Amo la cercanía a la naturaleza: escuchar los pájaros cerca; ver al halcón peregrino cazar cuervos; ver a los patos flotar impasibles en el río, como si no existiera el movimiento; escuchar el ruido de las hojas cuando pasa el viento, a veces demasiado fuerte; caminar de noche y ver luciérnagas como estrellas caídas del cielo frente a mí. Antes de que iniciara el invierno, decidimos ir a la montaña, no al alba sino al atardecer. Recordé a la pobre Blancanieves en el bosque, viendo ojos y manos entre los árboles, corriendo aterrada. En nuestro recorrido, nada parecía lo que era; cada sonido dibujaba en mi imaginación un jabalí o un conejo; cada movimiento que mi ojo captaba se volvía un umbral para proyectar algo interior ahí afuera y sentir el miedo —ese miedo a algo que siempre acecha. El regreso a nuestro reino de luz eléctrica fue completamente a oscuras. Casi llegando de nuevo al camino, ya saliendo del bosque, vimos puntos blancos moviéndose a lo lejos. Con cada paso que dábamos nos convencíamos de que podía ser una ilusión óptica, hasta que confirmamos que eran unos caprioli que viven en las montañas, pastando en el valle. El bosque nos regaló no un espejismo, sino la presencia silenciosa de algunos de sus seres. Nos detuvimos a observarlos hasta que los puntos blancos se perdieron en la oscuridad. Y en ese momento ya no era la niña que pisa las hojas a escondidas esperando a que algo salga. V Ahora que terminé de escribir, confieso: no hay moraleja, no hay epifanía solemne. Solo un sendero que recorre varios recuerdos de la sensación de estar inmersa en un lugar mucho más grande de lo que podía percibir en ese momento.
Una imagen:eterno nuestro
Hebras sueltasson enlaces a pequeños callejones, con múltiples salidas "La condición humana no es una competencia, sino una experiencia." (lectura) 👀 "Por qué la memoria tiene más que ver con tu futuro que con tu pasado" (lectura) 🎥 Una escena de «Minority Report» inspira un viaje a través del tiempo y la memoria (video ensayo) Gracias por seguir el hilo hasta acá 🧶. Si tienes un comentario o te gustaría compartir algo, puedes responder a este mail. Es otra manera de estar en contacto, a otro ritmo y profundidad. ¡Hasta la próxima entrega!
Nēma* es una correspondencia esporádica y dirigida a personas cercanas ♡. *Del gr. νῆμα 'hilo', antiguamente se cerraban las cartas con un hilo antes de sellarlas. |
Nēma #04: Érase una vez un bosque...
Hola, de nuevo. Cuatro meses después llego de nuevo a tu inbox; cuatro meses de estar perdida entre dos lenguas, dos trabajos, dos exámenes que presentar, documentos que validar, asuntos familiares que atender, y entre todo eso sin encontrarme a mí misma ni el tiempo ni el espacio interior para dedicarme a escribir. Ya es primavera y nuevamente veo a la montaña cambiar de color: ahora reverdece y cuando camino dentro de ella, dentro de sus senderos o caminos, veo los botones de las hojas y de las flores naciendo, las pequeñas ramas de árboles bebé que quizá no sobrevivan al próximo invierno pero que igual nacen y lo intentan.
Muchas veces estos pequeños brotes de árboles sobreviven durante años —como brotes, porque todavía no tienen las condiciones para crecer, ya que los árboles más grandes tapan la luz. Una vez que el árbol grande muere, el pequeño puede crecer y consumir los recursos que aquel dejó atrás; pero muchas veces al brote de árbol se lo come un animal, lo pisa un humano, le agarran hongos o las condiciones no le permiten continuar viviendo. Miles de estos brotes nacen todos los años en primavera, pero pocos llegan a la próxima primavera. Podríamos decir que es un milagro que un árbol crezca, pero también es algo natural: el equilibrio de la tierra y la sabiduría del bosque.
Pasa un poco así con las ideas, los proyectos, las fantasías, los sueños, los deseos. De todos los que pasan por nuestra mente, pocos llegan a nacer en el mundo concreto —es decir, a la forma de un brote de árbol— y menos todavía llegan a recibir las condiciones propicias para crecer. Y sabemos que aunque las reciban, es un proceso de años llegar a tener un árbol adulto, una idea concretizada, un proyecto formado y activo. Después de mi primer invierno en el hemisferio norte (tomé vitamina D y B12), le doy un poco de luz a mi pequeño proyecto, y la tierra fertil son ustedes, que lo leen. ❝April is the cruellest month, breedingLilacs out of the dead land, mixingMemory and desire, stirringDull roots with spring rain.Winter kept us warm, coveringEarth in forgetful snow, feedingA little life with dried tubers.❞—T.S. Elliot El nudoque desenredo entre el afuera y mi adentro I Mi primer recuerdo del bosque llega desde la infancia. El centro de esa experiencia no está en la vista, sino en el paladar, en la búsqueda y en la complicidad. Era un día de campo con mi familia materna. Mi abuela me pidió que la acompañara a buscar frutos en el bosque. Entramos y salimos de distintos caminos hasta encontrar un arbusto lleno de fresas. Comimos algunas y recolectamos otras para llevar al resto de la familia. Yo quería comerlas todas, llevarlas todas. Mi abuela me dijo que no tenía sentido, que había que dejarlas para los demás. ¿Quiénes son los demás?, pensaba mi yo de cuatro años. No sé si este recuerdo proviene de una experiencia vivida, de un sueño o de mi imaginación. Sé que ahora no tiene importancia distinguirlo. Lo recuerdo como la primera vez que entré a un bosque, y eso tiene más valor que determinar con precisión en qué reino de la memoria se ubica o cómo se encadena con lo que vino antes y después. II El Ávila: esa gran montaña que separa y resguarda Caracas del mar Caribe. Recuerdo que, cuando era niña, podía verla desde la casa de la misma abuela de la historia anterior. Imaginaba que volaba hasta la cima y de ahí caminaba por todo el filo de la montaña; imaginaba que con solo un salto estaría ya en la playa. Los fines de semana, mi mamá y yo subíamos a Sabas Nieves o a Quebrada Quintero; para mí eran recorridos eternos y no veía la hora de llegar. Recuerdo el cambio de color de la tierra, las hormigas que nos acompañaban y se salían del sendero; recuerdo los helados de hielo y de guanábana en algún punto del recorrido; recuerdo que me gustaba más bajar que subir; recuerdo que una de las reglas de mi mamá era no pisar los montoncitos de hojas porque podía haber algún animal debajo. A veces yo los pisaba para ver qué pasaba. Yo no veía el bosque, ni las plantas ni los árboles; veía el sendero de tierra, las piedras y las raíces que quedaban descubiertas por la erosión de las lluvias y de nuestros pasos, de todos nosotros.
En mi fantasía del vuelo olvidaba el hecho de que esa misma montaña estaba cubierta de un bosque lleno de vida: pájaros, culebras, lagartos, insectos y, según cuentan, venados y cunaguaros. Cuando lo recordaba, al hacer un plan para llegar a la cima, me parecía increíble que los fines de semana yo iba a ese bosque, adentro, y no se parecía en nada a lo que veía desde la casa de mi abuela; no veía los senderos, ni las hormigas, ni los tonos de tierra, ni las raíces, ni la cava con helado. Ya adulta, en el período antes de irme a Buenos Aires, construí el hábito —junto con un buen amigo— de ir en las mañanas al Ávila, a Sabas Nieves. Un día llegamos tan temprano que todavía era de noche. Sentí peligro por la oscuridad y aquella advertencia de mi mamá —"no pises las hojas porque puede haber algún animal debajo"— me resonó; entendí que lo que no se ve genera más temor que lo que se ve. En ese momento no estaba lista para entrar al bosque de noche.
III Cuando trabajé como librera leí muy poco, y eso me sorprendió. Pensé que iba a leer más. La abundancia casi absoluta de libros me abrumaba: demasiados posibles caminos. Leía prólogos, sinopsis, dedicatorias; mis ojos recorrían los índices como un escáner. Pasaba las semanas ordenando alfabéticamente cada sección y recomendaba libros que ya conocía. "H" de Heidegger y de Holzwege. Caminos del bosque es un libro que encontré como una promesa de lectura que todavía no he cumplido. La cita que copio más abajo —y que se encuentra al inicio del libro, a modo de umbral antes de los ensayos— se ha quedado conmigo hasta hoy, casi diez años después de haberla leído por primera vez.
De la librería pasé a trabajar en el archivo documental de una fundación de arte. A primera vista, estos espacios dan una impresión fría y estructurada. Son fríos literalmente: para reducir la posibilidad de que organismos vivos conquisten el territorio del archivo y destruyan papeles, fotografías, libros. A pesar de esta visión profiláctica, el archivo sí es un organismo vivo, aunque contenido en una cápsula de Petri. La única manera de que entre algo nuevo es a través del archivista, el documentalista, el arconte del archivo. Todas las mañanas, como una guardabosques, entraba en los caminos de ese archivo para confirmar o corregir información; al final del día encontraba mi camino de regreso al mundo exterior, caótico y decadente, para al día siguiente volver a adentrarme en el sendero trazado por alguien anterior a mí. Fue un trabajo extremadamente aburrido, lo cual es fantástico para la relajación y la imaginación, aunque también propicio para la depresión. Un día abrimos una caja con las obras tempranas de Gego —bocetos y primeros dibujos que ni siquiera se consideran para catálogos o libros— y ahí lo encontré: "como si fueran iguales, pero es una mera apariencia". Esos bocetos iniciales fueron el primer paso hacia obras que nacieron décadas después. Todos la recordamos a la Gego por su Reticulárea (1969) ⬇, y muchas obras más, también en otros formatos.
La artista se mantuvo fiel a su pregunta, a su exploración durante todo ese tiempo, desde su primer trazo hasta el último: abrió senderos que, antes de ser materializados con su obra, eran invisibles. Había entendido, desde el principio, "lo que significa encontrarse en un camino que se pierde en el bosque", y se adentró en él con convicción. IV Ahora vivo muy cerca de la montaña y el bosque. Amo la cercanía a la naturaleza: escuchar los pájaros cerca; ver al halcón peregrino cazar cuervos; ver a los patos flotar impasibles en el río, como si no existiera el movimiento; escuchar el ruido de las hojas cuando pasa el viento, a veces demasiado fuerte; caminar de noche y ver luciérnagas como estrellas caídas del cielo frente a mí. Antes de que iniciara el invierno, decidimos ir a la montaña, no al alba sino al atardecer. Recordé a la pobre Blancanieves en el bosque, viendo ojos y manos entre los árboles, corriendo aterrada. En nuestro recorrido, nada parecía lo que era; cada sonido dibujaba en mi imaginación un jabalí o un conejo; cada movimiento que mi ojo captaba se volvía un umbral para proyectar algo interior ahí afuera y sentir el miedo —ese miedo a algo que siempre acecha. El regreso a nuestro reino de luz eléctrica fue completamente a oscuras. Casi llegando de nuevo al camino, ya saliendo del bosque, vimos puntos blancos moviéndose a lo lejos. Con cada paso que dábamos nos convencíamos de que podía ser una ilusión óptica, hasta que confirmamos que eran unos caprioli que viven en las montañas, pastando en el valle. El bosque nos regaló no un espejismo, sino la presencia silenciosa de algunos de sus seres. Nos detuvimos a observarlos hasta que los puntos blancos se perdieron en la oscuridad. Y en ese momento ya no era la niña que pisa las hojas a escondidas esperando a que algo salga. V Ahora que terminé de escribir, confieso: no hay moraleja, no hay epifanía solemne. Solo un sendero que recorre varios recuerdos de la sensación de estar inmersa en un lugar mucho más grande de lo que podía percibir en ese momento.
Una imagen:eterno nuestro
Hebras sueltasson enlaces a pequeños callejones, con múltiples salidas "La condición humana no es una competencia, sino una experiencia." (lectura) 👀 "Por qué la memoria tiene más que ver con tu futuro que con tu pasado" (lectura) 🎥 Una escena de «Minority Report» inspira un viaje a través del tiempo y la memoria (video ensayo) Gracias por seguir el hilo hasta acá 🧶. Si tienes un comentario o te gustaría compartir algo, puedes responder a este mail. Es otra manera de estar en contacto, a otro ritmo y profundidad. ¡Hasta la próxima entrega!
Nēma* es una correspondencia esporádica y dirigida a personas cercanas ♡. *Del gr. νῆμα 'hilo', antiguamente se cerraban las cartas con un hilo antes de sellarlas. |